Me ocurre siempre igual. Mi primera lectura de tus letras lisas me arroja al mar, la segunda vez soy rescatada, y una vez envuelta en curiosidades, alguna delicada luz  me lleva  a observarte tras la puerta, cuando estás en tu habitación.
Y realmente disfruto más cuando te quiero fuera de poesías, así el alma ya no tritura nada, sólo se desliza con los adjetivos de la espera. En las personas que escribimos navegando, la soledad es más acentuada, y a mi se me hunden las naves con facilidad puesto que aún voy en bicicleta, haciendo surcos de espuma salada, buscándote.
Pudiera decirte sí, que yo soy esa que quiere volver a nacer para ser testigo de tus glorias que van siempre mucho más rápido que mi sola imaginación. Pero estoy un poco mal de la cabeza, olvido y silencio mis palabras cuando estoy frente a tí, ; pero no vayas a creer que he de ofrendarte  sólo dolores, no eres tierra para irme a sepultar sino continente virgen, de fauna enigmática, de flora encantadora, y tú tampoco  vendrás a descansar en mí, sino a agitar la marea.
Desde mis sueños he de invocarte, agrandando mi clamor, impresionándome con esta luna ebria, con la ciudad a ciegas y la luz de tu ventana que te enredó en todas partes…

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